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La palabra «posmodernismo» suena a término de biblioteca, pero en el Perú es algo que vivimos todos los días. Para entenderlo de forma sencilla, hay que verlo en dos partes de nuestra historia: primero, cuando nuestros escritores decidieron dejar de hablar de castillos para hablar de su barrio; y segundo, cómo hoy en día hemos mezclado todas nuestras costumbres para salir adelante.
Si pensamos en la figura clásica del «artista», solemos imaginar a un genio atormentado derramando sus emociones en un lienzo. Josef Albers es exactamente lo contrario. Él no pintaba sus sentimientos; él diseñaba sistemas para hackear tu percepción.
Si miramos a nuestro alrededor en cualquier ciudad moderna y observamos edificios de líneas limpias, fachadas de vidrio y una profunda integración entre utilidad y belleza, estamos presenciando el legado de Walter Gropius. Nacido en Alemania en 1883, Gropius no solo fue un arquitecto brillante; fue un educador, un teórico y un visionario que cambió para siempre la forma en que el mundo entiende el diseño.
Imagina los videojuegos clásicos de los años 80 o 90. Tenías un inicio claro, un solo camino para avanzar, un villano evidente al final del nivel y una princesa que rescatar. Las reglas eran absolutas: si seguías los pasos correctos y acumulabas puntos, ganabas. Pero luego… el juego cambió. Llegó el Posmodernismo.