
Imagínate vivir en una ciudad de 1916 donde todos esperan que escribas bonito, te peines bien y repitas las mismas ideas aburridas del siglo pasado. Ahora imagínate que juntas a tus mejores amigos, fundas una revista satírica y decides burlarte de todo eso. Spoiler: te conviertes en una leyenda.
Eso fue exactamente lo que hizo El Aquelarre, un grupo de jóvenes intelectuales que decidió despertar a la literatura del sur del Perú con una mezcla de poesía, ironía y mucho arte. Si Lima tenía a Abraham Valdelomar y el movimiento Colónida rompiendo las reglas, Arequipa tuvo a estos siete rebeldes haciendo su propia magia.
Aquí te contamos de qué trató esta «reunión de brujos» y por qué su historia sigue siendo tan fascinante.
El «Big Bang» en las picanterías: Así nació el grupo
A principios del siglo XX, Arequipa era una ciudad profundamente católica, tradicional y gobernada por una élite intelectual bastante aburrida. Las figuras de autoridad literaria se reunían en lugares estirados como el «Centro Académico» para leer poemas románticos que ya sonaban viejos.
Nuestros siete protagonistas (Percy Gibson, César A. Rodríguez y compañía) no soportaban ese ambiente. Ellos no se reunían en salones de té elegantes, sino en las tradicionales picanterías arequipeñas (esos templos de comida picante y chicha de jora) y en los bares bohemios de la época. Entre vasos de chicha y humo de cigarro, empezaron a conspirar.
No hubo un acta de fundación oficial. El grupo nació puramente del hartazgo. Querían leer autores europeos, hablar de filosofía moderna y, sobre todo, bajar de su pedestal a los «dinosaurios» de la literatura local.
¿Quiénes formaban este «squad» literario?
El grupo no era gigante. De hecho, su lema los describía a la perfección: «Seis poetas y un aguafuertista. Siete hermanos en dolor y ensueño». (Un aguafuertista es básicamente un artista visual que hace grabados, el equivalente antiguo a su director de arte).
Los rostros más conocidos de esta pandilla literaria fueron:
- Percy Gibson: El poeta que trajo la musicalidad moderna a la ciudad.
- César A. Rodríguez (conocido como Atahualpa): Quien le puso una fuerza tremenda y muy local a los versos.
- Carlos P. Martínez: El artista visual que le dio imagen al grupo.
- Y sus compañeros de aventuras: Renato Morales, Belisario Calle, Nathal Llerena y Carlos Enrique Telaya.
La revista que escandalizó a la sociedad tradicional

Para que sus ideas llegaran a la calle, crearon una revista que llevaba el mismo nombre: El Aquelarre. Pero no era una revista aburrida para leer en una biblioteca en silencio. Ellos mismos la promocionaban como una publicación «social, garitera, fisgona y asaz vituperable» (en español sencillo: era un espacio para el chisme intelectual, la burla fina y la crítica social).
En una época donde la gente todavía leía poemas románticos y llorosos, ellos trajeron la vanguardia (es decir, las ideas artísticas más nuevas y rompedoras de Europa). Su diseño visual incluso coqueteaba con el Art Nouveau, ese estilo elegante y lleno de curvas inspiradas en la naturaleza, demostrando que no solo querían sonar diferente, sino también verse como una publicación internacional.
¿Qué encontrabas si abrías sus páginas?
En términos estrictos, el grupo El Aquelarre nunca publicó un libro tradicional (como una novela de 300 páginas o un poemario clásico). Su formato oficial fue la revista literaria. Pero no pienses en un folleto barato; era el equivalente a un fanzine de lujo (una publicación independiente, pero con un nivel de diseño y contenido brutalmente profesional).
Sacaron muy pocos números (su circulación fue corta pero explosiva). Sin embargo, con el paso de las décadas, los investigadores decidieron juntar todas esas revistas sueltas y publicarlas en ediciones facsimilares. (Breve pausa para el diccionario: una edición facsimilar es una copia fotográfica exacta y encuadernada de documentos antiguos). Por eso, hoy en día, cuando la gente busca leer a El Aquelarre, en realidad está buscando «el libro» que compila toda la colección original de esas revistas míticas.
el contenido te sorprendería por lo moderno que se ve y se lee. Era una mezcla perfecta de formatos:
- Poesía inmersiva: Textos de Percy Gibson y César A. Rodríguez que hablaban de la melancolía, el amor real y el paisaje andino, pero con un ritmo europeo espectacular.
- Aguafuertes (Arte visual puro): Obras gráficas de Carlos P. Martínez. (El aguafuerte es una técnica antigua de grabado sobre metal que permite hacer ilustraciones con líneas muy finas, oscuras y llenas de dramatismo). Estas imágenes le daban a la publicación ese toque gótico y elegante del Art Nouveau.
- Artículos de opinión «picantes»: Ensayos cortos y afilados donde aplicaban un sarcasmo elegantísimo para destruir a los poetas tradicionales y a la élite intelectual aburrida de la época.
3 Datos curiosos que hacían de El Aquelarre un grupo único
1. El nombre fue puro «Marketing del Terror» Llamarse «El Aquelarre» (que significa «reunión de brujos») en una ciudad súper conservadora y religiosa fue una estrategia maestra de provocación. Sabían perfectamente que el nombre iba a escandalizar a las tías beatas y a los sacerdotes de la ciudad. Era su forma de decir: «Venimos a hacer magia negra con la literatura y a destruir sus viejas costumbres».
2. Una estética europea para mentes andinas La imagen visual de su revista homónima no era ninguna coincidencia. Mientras los viejos intelectuales imprimían panfletos que parecían esquelas de defunción, la revista El Aquelarre apostó por portadas ilustradas por Carlos P. Martínez con una clarísima y refinada influencia del Art Nouveau. Utilizaron esas líneas curvas, orgánicas y elegantes que estaban de moda en Europa para envolver sus poemas venenosos y sus críticas ácidas. Fue un choque visual espectacular.
3. El «bromance» literario con Abraham Valdelomar No estaban solos en su cruzada. En Lima, la revista Colónida estaba haciendo exactamente el mismo ruido, liderada por el icónico Abraham Valdelomar. Hubo una conexión inmediata, una especie de hermandad a distancia. Valdelomar sentía una profunda admiración por estos «brujos» sureños. De hecho, funcionaban casi como una alianza estratégica para descentralizar la cultura y demostrar que el talento real no necesitaba pedirle permiso a la academia tradicional.
¿Cómo se disolvió El Aquelarre?
No hubo peleas a puñetazos, ni traiciones dramáticas, ni un final trágico. La caída de El Aquelarre fue mucho más terrenal: los alcanzó la vida adulta.
El grupo duró apenas unos tres años intensos (entre 1916 y 1919) y su revista solo logró sacar un puñado de números. Mantener una publicación independiente, rebelde y de alta calidad gráfica era costoso y agotador.
Con el paso del tiempo, la energía inicial se fue diluyendo.
- Percy Gibson, el poeta más musical del grupo, terminó mudándose a Lima, buscando nuevos horizontes y conectando más directamente con la bohemia de la capital.
- César A. Rodríguez (Atahualpa), la voz más fuerte e identitaria, se quedó en Arequipa, pero con los años se calmó. Pasó de ser el joven rebelde a convertirse en el respetado director de la Biblioteca Pública de Arequipa durante décadas (irónicamente, volviéndose parte de la institución cultural de la ciudad).
El Aquelarre no murió por fracasar, sino porque cumplió su objetivo. Fueron como una estrella fugaz: brillaron muchísimo, quemaron todo lo que estaba viejo a su alrededor, aunque su tiempo juntos fue breve, lograron reunir a los jóvenes talentos que buscaban desesperadamente renovar la escena. Querían explorar rumbos distintos y trajeron ideas que, hasta ese momento, nadie conocía por aquí. Más que una academia con reglas estrictas, El Aquelarre fue el motor de un verdadero salto generacional, y luego, simplemente, se apagaron, dejando atrás una de las revistas más hermosas e insolentes de la historia peruana.