Este no es el típico artículo sobre posmodernismo

Imagina los videojuegos clásicos de los años 80 o 90. Tenías un inicio claro, un solo camino para avanzar, un villano evidente al final del nivel y una princesa que rescatar. Las reglas eran absolutas: si seguías los pasos correctos y acumulabas puntos, ganabas.

A esa época, donde la humanidad creía ciegamente que la ciencia, la política y la razón eran un manual de instrucciones que nos llevarían en línea recta hacia un futuro perfecto y feliz, la llamamos Modernidad.

Pero luego… el juego cambió. Llegó el Posmodernismo.

Es como si de repente te soltaran en un juego de mundo abierto multijugador, de esos que se actualizan con parches cada semana. Ya no hay un camino recto ni una misión única. Mientras algunos intentan seguir la historia principal, otros están bailando en una esquina con trajes ridículos, otros están aprovechando los bugs del sistema para volar, y la mitad de los jugadores están en foros haciendo memes sobre lo roto que está el juego.

Nadie sabe muy bien cuál es el «gran objetivo final», la pantalla de Game Over no está clara, pero todos estamos jugando a la vez y creando nuestras propias reglas sobre la marcha.

Para entender cómo funciona esto en tu día a día, solo tienes que mirar tres cosas que haces todo el tiempo sin darte cuenta.

Un poco de contexto: ¿Cuándo y por qué se rompió la promesa de un futuro perfecto?

Si necesitas ponerle una fecha de caducidad a la Modernidad para entender el contexto real, los historiadores y filósofos apuntan a la segunda mitad del siglo XX.

Piénsalo de esta manera: durante los siglos XVIII y XIX (con la Ilustración y la Revolución Industrial), a la humanidad le vendieron una promesa gigante. La idea era: «La ciencia, las máquinas y la razón humana son el parche definitivo que va a arreglar todos los errores del mundo». La gente realmente creía que íbamos en línea recta hacia una utopía.

Pero llegó el siglo XX. Y con él, dos Guerras Mundiales, la Guerra Fría y la amenaza de la bomba atómica. La humanidad se quitó los lentes de realidad virtual, miró a su alrededor y dijo: «Oigan, nos mintieron. Toda esta tecnología y ‘razón’ no nos hizo más felices, nos dio herramientas para destruirnos mejor».

El desencanto fue brutal. El sistema colapsó. De hecho, si quieres ponerle una fecha de nacimiento exacta y un poco irónica al posmodernismo, los críticos de arquitectura dicen que nació el 15 de julio de 1972 a las 3:32 p.m. Ese día ocurrió un suceso que hizo volar la idea de que había una única forma «correcta» y rígida de hacer las cosas.

1. Adiós a las verdades absolutas

En el pasado, la gente compraba ideas gigantes y absolutas: «esta ideología política salvará al país», «el avance tecnológico resolverá todos nuestros problemas». A esto se le llamaba creer en «metarrelatos».

Pero como ya nos decepcionaron tantas veces y vimos que esas promesas no se cumplieron, nos volvimos escépticos. El posmodernismo es la sospecha de que nos están vendiendo humo. Por eso ya no le creemos al político que habla con voz de locutor de los años 50, ni al anuncio corporativo que promete milagros. Preferimos las misiones secundarias: las cosas reales, los problemas locales, las historias con defectos y las opiniones de personas normales en internet.

2. Vivimos en la era del remix 

¿Te has dado cuenta de que ya no hay un estilo único y puro? El posmodernismo metió toda la cultura humana en una licuadora y le quitó la etiqueta de «superior» a las cosas elegantes.

Hoy todo vale y todo se recicla. Puedes escuchar un podcast súper intelectual mientras juegas una partida en el celular; o decorar tu espacio con una elegante ilustración de art nouveau pegada justo al lado de un meme mal recortado. Mezclamos el pasado con el presente, lo refinado con lo absurdo, y creamos cosas nuevas a partir de remezclar lo viejo. No hay reglas estéticas fijas.

3. La ironía como mecanismo de defensa

¿Alguna vez has visto una película donde el protagonista de repente mira a la cámara y te habla directamente a ti? Eso es romper la «cuarta pared».

En el posmodernismo, vivimos rompiendo esa pared. Sabemos que la publicidad nos quiere vender cosas, sabemos cómo funcionan los algoritmos y las marcas saben que nosotros lo sabemos. Por eso nuestro humor está lleno de ironía y sarcasmo. Hacemos memes de nuestras propias crisis porque, si el mundo ya no tiene un manual de instrucciones claro, lo mejor que podemos hacer es reírnos del caos.

Un pequeño corte comercial (que sabe perfectamente que es un corte comercial)

Y hablando de quitarnos las máscaras, hablemos de nosotros un segundo.

En Alma Quinta, usamos exactamente esta misma filosofía para nuestra forma de trabajar. Como empresa de desarrollo web, podríamos ponernos traje, usar palabras complicadas y decirte en nuestra página de inicio: «Somos la empresa líder en soluciones integrales y sinergia digital».

Pero, siendo sinceros, nadie entiende eso y, lo que es peor, a nadie le importa.

Nuestra comunicación es posmoderna porque es honesta y autoconsciente. Sabemos que detrás de cada clic hay una persona real, probablemente cansada de ver textos corporativos aburridos. Por eso, cuando creamos identidades, plataformas o páginas web, huimos del tono falso de ventas. Hablamos claro, de tú a tú. Diseñamos espacios digitales que se sienten vivos, que no tienen miedo de ser diferentes, de mezclar estilos o de usar la honestidad brutal para conectar de verdad contigo.

A modo de cierre

Mucha gente piensa que el posmodernismo es pesimista o que significa que «ya nada importa». Pero en realidad, es profundamente liberador.

Al quitarnos el peso de tener que seguir un único «camino correcto» hacia el éxito o la perfección, nos da la libertad de explorar el mapa a nuestro antojo. Nos permite cuestionar lo que no nos gusta, reciclar lo que nos sirve y comunicarnos de una manera mucho más libre, creativa y, sobre todo, humana.

La palabra «posmodernismo» suena a término de biblioteca, pero en el Perú es algo que vivimos todos los días. Para entenderlo de forma sencilla, hay que verlo en dos partes de nuestra historia: primero, cuando nuestros escritores decidieron dejar de hablar de castillos para hablar de su barrio; y segundo, cómo hoy en día hemos mezclado todas nuestras costumbres para salir adelante.
Si pensamos en la figura clásica del «artista», solemos imaginar a un genio atormentado derramando sus emociones en un lienzo. Josef Albers es exactamente lo contrario. Él no pintaba sus sentimientos; él diseñaba sistemas para hackear tu percepción.
Si miramos a nuestro alrededor en cualquier ciudad moderna y observamos edificios de líneas limpias, fachadas de vidrio y una profunda integración entre utilidad y belleza, estamos presenciando el legado de Walter Gropius. Nacido en Alemania en 1883, Gropius no solo fue un arquitecto brillante; fue un educador, un teórico y un visionario que cambió para siempre la forma en que el mundo entiende el diseño.